La Habitación Naranja: Lo que tu historia te obliga a mirar cuando por fin te sientas a escribir

El refugio donde el silencio se vuelve espejo, la escritura se transforma en rendición y las palabras encuentran aquello que intentamos esquivar en la vida.

 

Por Lidia Roselló

HoyLunes – La Habitación Naranja no es un despacho. Ni una mesa bonita. Ni ese rincón de la casa que enseñas en stories cuando te propones “ser constante”. La Habitación Naranja es otra cosa: un lugar al que entras cuando por fin te sientas a escribir y descubres que la historia ya estaba allí antes que tú, esperándote con paciencia.

Enero tiene esa manera suya de hacerlo todo más evidente. La luz entra más oblicua, como si viniera cansada. El aire huele a ropa recién lavada y a promesas nuevas. Afuera la vida avanza con su ruido, mensajes, recados, listas, notificaciones, pero dentro, cuando cierras la puerta y te sientas frente a la página en blanco, ocurre algo que no se puede fingir: el silencio deja de ser silencio y se convierte en espejo.

La culpa no siempre es un estruendo; a veces es solo la mano que se queda quieta frente al papel.

Por fin me siento. Y no, no es una frase de productividad. No es “por fin soy disciplinada”. Es otra cosa. Es “por fin dejo de correr”. Es “por fin me quedo aquí”. Porque sentarse a escribir tiene poco de heroico y mucho de rendición. Te sientas y, sin darte cuenta, empiezas a negociar contigo misma: hoy escribiré algo ligero, hoy no abriré lo que duele, hoy no removeré demasiado porque no tengo fuerzas…

La historia no viene a entretenerte, viene, más bien, a pedirte que observes.

Y lo hace sin levantar la voz, sin amenazas, como quien abre una ventana y deja que entre el aire frío para que no puedas seguir diciendo que estás bien cuando no lo estás.

A veces creemos que escribimos para entender un personaje, una escena, un final. Y sí, pero también escribimos para darle forma a cosas que todavía no sabemos nombrar. Para ponerles luz o al menos contorno. Es curioso: puedes pasar semanas evitándote en la vida, pero en cuanto te sientas a escribir, aparece, de golpe, aquello que estabas esquivando con elegancia.

Escribimos para darle contorno a lo que todavía no sabemos nombrar, bajo la luz cansada de los nuevos comienzos.

La culpa tiene una manera sutil de colarse en el texto. No entra diciendo “hola, soy la culpa”, entra como un borrado. En esa frase que escribes con convicción y luego, sin saber por qué, eliminas. En ese adjetivo que te parecía perfecto y de pronto te da vergüenza. En esa escena que no quieres contar porque, si la cuentas, te delatas. La culpa no siempre es un remordimiento gigante; a veces es solo un microgesto: la mano que se queda quieta en el teclado, la respiración que se corta, la necesidad de justificar algo que todavía no has escrito o la necesidad de ir a beber un vaso de agua.

Lidia Roselló. Escritora. Fotógrafa.

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